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"Nadie nos va a extrañar" merecía ser escuchada

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"Nadie nos va a extrañar" merecía ser escuchada

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Nadie nos va a extrañar | Pinterest

Hay series que gritan desde el primer capítulo y otras que apenas susurran, pero se te quedan en la cabeza por días. Nadie nos va a extrañar, la producción mexicana de Prime Video, pertenece a ese segundo tipo: el de las historias que no buscan likes, sino dejarte pensando. Lo triste es que muy pocos la escucharon.

En tiempos donde lo que no se viraliza parece no existir, esta serie pasó casi en silencio. Y es una injusticia. Porque lo que cuenta —y cómo lo cuenta— no solo retrata una época, sino también una herida generacional que sigue abierta. Ambientada en el México de los noventa, entre uniformes escolares, casetes y ansiedad económica, la serie construye un espejo nítido de una juventud que aprendió a sobrevivir entre la vergüenza, el deseo y la presión social.

Ahí están los nerds, los marginados, los que no encajan. Pero no como caricaturas, sino como adolescentes reales: frágiles, confundidos, vivos. Su historia de amistad, negocios clandestinos y tragedia no necesita efectos ni discursos forzados para ser potente. Lo es porque respira verdad. Y porque detrás de la nostalgia por los noventa —esa estética tan de moda— hay una pregunta más profunda: ¿quién escucha a los que se sienten invisibles?

La cultura y la música en Nadie nos va a extrañar no son adornos; son lenguaje. Desde los acordes de Julieta Venegas hasta los detalles del vestuario, todo funciona como un recordatorio de que esa década no era tan inocente como la memoria colectiva quiere pintarla. El país temblaba económicamente, las escuelas seguían enseñando obediencia antes que empatía, y los jóvenes callaban más de lo que decían.

Quizá por eso la serie incomoda. Porque no romantiza el pasado ni convierte el dolor en espectáculo. Habla del suicidio sin morbo, del silencio que mata, de la soledad que se hereda. Y hacerlo desde la ficción mexicana —sin filtros, sin pretensión— ya es un acto de valentía.

Lo que más duele no es su historia, sino su invisibilidad. En un catálogo saturado de series ruidosas, esta producción eligió la intimidad y pagó el precio: poca promoción, poca conversación, poca justicia. Y, sin embargo, Nadie nos va a extrañar tiene todo lo que le falta a muchas series “grandes”: alma, contexto y una voz que no necesita gritar para ser escuchada.

Ojalá alguien en Prime Video entienda que no todas las historias se miden en tendencias. Algunas se miden en silencio, en esa pausa incómoda después del último episodio, cuando uno se queda mirando la pantalla sin saber si fue nostalgia o dolor lo que acaba de sentir.

Porque tal vez Nadie nos va a extrañar no buscaba ser un éxito. Tal vez solo quería recordarnos algo que duele aceptar: que, a veces, los invisibles también tienen mucho que decir.

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Diseño: Plantilla — Fotograma 24

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